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La cotorra de Carolina

¿ave mexicana extinta?


Por: Victor Busteros Ángeles / Fundación Ornitológica Txori
Tesina de admisión a la Sociedad de Ornitólogos Psittacidae

Noviembre 30 de 2011

Por lo general, cuando los mexicanos oímos hablar de aves psitácidas siempre las relacionamos con ambientes tropicales como los fragmentados reductos selváticos que aún existen en el sur y sureste del país. Si bien es cierto que ahí es donde podemos encontrar el mayor número de especies, la realidad es que también habitan en regiones y ecosistemas muy diferentes.

        Algunos ejemplos son la guacamaya verde (Ara militaris) de la cual hay una importante población en las Barrancas del Cobre, en el norteño estado de Chihuahua; o la cotorra serrana (Rhynchopsitta pachyrhyncha) que en grupos dispersos se distribuye en bosques a lo largo de la Sierra Madre Occidental, desde Jalisco hasta más allá de Chihuahua y Sonora; o el loro montañés (Amazona finschi) cuyas colonias frecuentemente encontramos en ambientes urbanos del occidente del país.

Uno de los pericos americanos más singulares por su área de distribución era la cotorra de Carolina (Conuropsis carolinensis), el psitácido más septentrional del continente y el único autóctono de los Estados Unidos. Sus grandes colonias, conformadas por cientos de individuos, se distribuían en bosques y humedales entorno al Golfo de México, desde el centro de Texas hasta Florida, y a lo largo de la cuenca del Mississippi hasta Virginia. De hecho, el nombre común de la especie es alusivo a las Carolinas, región donde se concentraban en mayor número.

Era un pájaro de talla regular, medía entre 28 y 30 centímetros, su plumaje era de color verde azulado; excepto en su cabeza y cuello donde predominaba el amarillo; y en su frente y cara el naranja.

Las primeras referencias de esta ave fueron hechas por exploradores españoles y franceses en los siglos XVI y XVII. Sin embargo, su descripción científica se le atribuye al naturalista y taxónomo sueco Carl Linnaeus en 1758.

Como todos los psitácidos, el también llamado periquito de Carolina (Carolina parakeet) era un animal muy inteligente y seguramente esa cualidad le permitió sortear las adversidades ambientales propiciadas por el avance de los asentamientos humanos.

A partir del siglo XVII los colonizadores europeos comenzaron a modificar drásticamente el hábitat original de la especie. Contrariamente a lo que podría suponerse, la sistemática deforestación de bosques y desecación de pantanos para transformarlos en sembradíos y campos de pastoreo no fueron el principal motivo de su decadencia. Más bien fue el gusto que estos pájaros desarrollaron por los granos y frutas que encontraban en las parcelas agrícolas.

Hasta principios del siglo XIX la cotorra de Carolina era un animal muy abundante. No obstante, los granjeros la consideraban una plaga, ya que solían alimentarse en sus huertos y sembradíos. Acusada de arruinar cosechas fue cazada indiscriminadamente; además, el comercio de sus plumas para decorar prendas femeninas resultó una moda y negocio rentable que exacerbó la matanza. Para mediados de siglo la especie prácticamente había sido exterminada, sólo algunas parvadas sobrevivieron de forma aislada en regiones remotas de los estados del Golfo.

Tras la guerra de Estados Unidos contra México (1848) y el incremento de migraciones europeas, con la consecuente ocupación masiva de zonas despobladas de Texas y otros estados del sureste de la Unión Americana, se agravó la situación de la especie. Además de la cacería, se sospecha que las últimas poblaciones silvestres sucumbieron ante las enfermedades que portaban los animales de granja que introdujeron los colonos.

Entre 1900 y 1904 se reportaron los últimos ejemplares salvajes cazados en la península de Florida y en 1918 se registró la muerte del único periquito de Carolina que sobrevivía en el Zoológico de Cincinnati, el cual años después se supo era el último de su especie. Actualmente, la única evidencia física de la existencia de esta ave son especimenes disecados, huesos, huevos, plumas, dibujos y fotografías que se conservan en un reducido número de museos y colecciones taxonómicas.

 La historia de la cotorra de Carolina es un lamentable ejemplo de la inconciencia y poder destructivo del ser humano. Paradójicamente, salvar a la especie no hubiera presentado mayor problema, ya que se reproducía con facilidad en cautiverio, pero nunca se le valoró hasta que fue demasiado tarde.

En el ámbito ornitológico se ha discutido bastante si la Conuropsis carolinensis debe o no enlistarse también como una especie mexicana extinta. Hay suficientes argumentos que lo justifican, entre ellos referencias de los siglos XVIII y XIX que confirman la existencia de poblaciones marginales en la costa norte de Tamaulipas, y por supuesto el hecho de que Texas fue territorio mexicano hasta mediados del siglo XIX, justo en la época que la especie entró en la fase final de su existencia.

 En mi opinión la cotorra de Carolina sí debe incluirse en la lista de animales mexicanos extintos y su trágica historia debe socializarse ampliamente como un ejemplo de lo que podría sucederle al resto de las especies psitácidas mexicanas, las cuales están seriamente amenazadas por la destrucción de su hábitat natural y la depredación por parte de traficantes de fauna silvestre.

Aunque el Gobierno Mexicano ya estableció medidas para proteger a los psitácidos nativos, estas aún son insuficientes y en algunos casos contraproducentes. Desde luego, el primer paso para preservarlos es detener la deforestación y reforzar la vigilancia involucrando a la sociedad civil mediante campañas de información y programas de desarrollo comunitario, sobre todo en aquellos lugares en los que todavía hay poblaciones silvestres. Asimismo, el Estado debe promover la investigación científica, tanto de las especies como de su hábitat, e incentivar la reproducción en aviarios legalmente establecidos con la finalidad de crear un programa nacional que articule la cría en cautiverio con la liberación de ejemplares en reservas naturales de reintroducción realmente protegidas.


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Última modificación: 06 de diciembre de 2016